miércoles, octubre 19, 2005

Requiem Nº 2

Cuando la ví, decidí que iba a amarla. Más cuando la amé sólo quería matarla.
Poseerla, estrujarla, acariciarla y azotarla. Escudriñar con cada caricia las palabras que solas escapan de su boca, arrojaron el misterio que me había cautivado la primera vez que la había visto.
Y el encanto, una vez descubierto su misterio, pierde la magia.
Hay que desecharlo.

Y la maté.

He de confesar que con cada muerte que he dado, un poco de mi se ha marchitado.
Los recuerdos son un peso extraño de la fantasía. Una carga utópica de imágenes melancólicas que frenan acciones o generan otras tantas sin un sentido claro de acción.
Al matar su amor, maté nuestros recuerdos futuros y comencé a extrañar lo que jamás tuvimos pero durante mucho juré sería nuestro.

Experimenté el dolor. Aún así sabiendo, que ese dolor valía la pena.
Le hice honor a la frase cliché tan aborrecida:
"No extender una agonía".

Antes de llegar a casa, toqué una puerta. Puerta que no era mía.
No era de ella.
A penas se abrió, supe que otra historia se abría en mi vida.